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El danzón es el género cubano más mexicano de todos, el danzón por antonomasia, la pieza “Nereidas” fue producto de la musa del oaxaqueño Amador Pérez Dimas. Con esta pieza se enfrentó a la popularidad de “Almendra” del cubano Abelardo Valdés. De muy mexicano cuño es también el danzón “Si Juárez no hubiera muerto”, que de cierto modo parafrasea a su equivalente cubano “Martí no debió de morir”, el cual a su vez se relaciona, tal vez de manera inconsciente, con el vals “Dios nunca muere”, del también oaxaqueño Macedonio Alcalá.
El saxofonista cubano Paquito D’Rivera sorprendió y desconcertó al público regiomontano en su magno concierto realizado el pasado sábado en el marco del Fórum Universal de las Culturas.
Alternando con la Sinfónica Nacional y bajo la dirección de Carlos Miguel Prieto, Paquito D’Rivera desplegó su virtuosismo, su flexibilidad, su talento y su pasión musical en un concierto que, aunque muy llamativo, resultó inesperado por varias razones.
El músico popular tiene algo que el músico académico no tiene: una infinita capacidad de improvisación”, fueron las palabras llenas de justificado orgullo y no exentas de cierto alarde de este jazzista consumado y ahora compositor de música de concierto, Paquito D’Rivera que de esta manera, más bien estadounidense, escribe su nombre.
Hey. “Han pasado ya 30 años y la historia ustedes ya la saben. Alzó la voz la minoría: los negros, los latinos, los que por respeto pelearían. Y es ese mismo respeto lo que nos trajo hasta este sitio, hasta este evento. Queremos crecer con la ciudad entera. De modo que va en serio nuestro movimiento. Estamos vivos y nuestro espíritu está intacto, a pesar de los ataques al grafitti, al hip hop y a sus contratos. Que sepan empresarios que no seremos mercenarios, que mi gente no se vende por la fama y por sus míseros salarios.
“Es este el color amarillento de Cádiz, que incluso caqui es más intenso, es el rosa de Sevilla, casi roja y el verde de Granada unido con una luz azul clara que deslumbra”, dijo Federico García Lorca cuando llegó a Cuba, y si queda duda alguna se lo dijo ni más ni menos que al marinero-titiritero al que le heredó el teatrino con el cual se apresta a contarnos la historia de la niña que regaba la albahaca y el príncipe preguntón.